Yo voy conmigo

Yo voy conmigo

Dos cosas que aprendí en mi viaje a África

Hay un cuento que me gusta mucho – escrito por Raquel Díaz Reguera- que se titula Yo voy conmigo. Cuenta la importancia de ser nosotr@s mism@s en la vida, y lo que pasa cuando nos amoldamos a otr@s.

¿Alguna vez te ha pasado que viste que podías hacer realidad tu sueño, te lanzaste a ello con unas expectativas muy altas… y descubriste que la realidad era distinta a lo que imaginaste? ¿Tiendes a crearte expectativas muy elevadas cuando sueñas con algo que te gustaría para tu vida?

¿Te imaginas situaciones, relaciones, eventos… tan ideales que cuando llega el momento de vivirlas la decepción acude en tu compañía?

En julio de 2008 decidí dedicar mis vacaciones a realizar el que era uno de los grandes sueños de mi vida. Con pocos recursos, pude preparar todo y -con ayuda de mi parte tenaz- conseguí marcharme en un viaje organizado como cooperante, que en aquel momento me ilusionaba un montón.

Preparé maleta, vacunas y todo lo necesario para un viaje de estas características: íbamos a estar un mes en Benín, un país de África, de los que tres semanas estaríamos en un megacampamento con niñ@s de todas las edades, y la última semana iríamos a hacer turismo por el país.

Llena de ilusión, fuerza y ganas, partí rumbo al aeropuerto.

Mi relación de pareja de aquel momento hacía aguas -afortunadamente-. Me fui con una frase de él retumbando en mi cabeza y en mi corazón. Sus palabras fueron exactamente: «Si te vas, alomejor cuando vuelvas te encuentras las maletas en la puerta». Tal era su nivel de desconexión con él mismo, que esa era su manera de decirme el miedo que sentía con que me fuera; no pudo hablar de sus miedos, en lugar de eso, dijo aquellas palabras crueles. Eso da, sin duda, para escribir otro post acerca de cómo no expresamos lo que realmente nos está pasando dentro de nosotr@s y el daño que nos hacemos y hacemos con eso. Pero ese es otro tema. Me fui con mi maleta y la certeza de que aquella relación se había terminado, y que no sabía qué haría con mi vida cuando volviera… Supongo que eso pudo influir en que pusiera aún más expectativas en África: en ese momento de mi vida, era todo lo que tenía.

Me marché al aeropuerto, perdí el vuelo, conseguí una nueva plaza en el siguiente vuelo pagando un recargo de casi 200 euros, que se sumaban a los más de 1500 euros que me gasté en el vuelo de ida y vuelta. Llegué a Casablanca y conseguí reunirme con l@s demás compañer@s que iban a estar conmigo en aquella aventura. ¡Quién nos iba a decir en aquel momento lo que nos faltaba por vivir y compartir!

Llegamos por la noche a Cotonou, una ciudad que pintaba más bien peligrosa a aquellas horas. Después  de dormir, nos llevaron al Centro de niñ@s en el que comenzaría nuestra aventura con aquellos pequeños que iban a ser sin duda lo mejor del viaje.

De los días en Grand Popó -la casa en la playa en la que estuvimos conviviendo con l@s niñ@s y l@s educadores- recuerdo muchas cosas, y hoy quiero compartir contigo algunas de ellas:

? Tengo grabada la imagen del cielo color miel, espléndido e incomparable a ningún otro que haya contemplado hasta este momento.

? Recuerdo las sonrisas, la búsqueda de afecto de l@s niñ@s a través de un contacto desesperado, que hablaba de su necesidad y su herida de abandono. Conocí la dificultad en aquellas personas para contactar con las heridas, esa sonrisa permanente y lo que entendí que era la negación de la tristeza.

? Recuerdo y agradezco los mangos jugosos y deliciosos que comíamos a diario.

? Recuerdo el sonido penetrante de las olas con la inmensa fuerza del mar, ese mar salvaje y libre en el que no querían bañarse l@s lugareñ@s, el miedo de Antoinette, que me contó (o eso le entendí) que no lo hacían por una antigua tradición que les prohibía bañarse en el mar, recuerdo su expresión de deseo de bañarse cada vez que lo hacíamos el grupo de cooperantes, y recuerdo aquel momento mágico en el que nos cogimos tod@s de la mano y corrimos mar adentro, disfrutando de la felicidad y la satisfacción de aquel baño.

? Recuerdo el gran corro de niñ@s bailando y cantando, la sensación de ser parte de aquello tan grande y tan maravilloso, allí las pesonas están continuamente en tribu.

? Recuerdo los olores , los mercados, la gente, las ropas de múltiples colores y dibujos llamativos.

? Recuerdo las actividades de por la mañana, los madrugones a las 6 sin casi haber dormido para ir con l@s niñ@s a hacer deporte; recuerdo odiar aquel momento, sentir mi cuerpo debilitándose un poquito más cada día, los mosquitos y el olor a citronella, la sensación de frialdad que me provocaba escalofríos en la ducha, el agradecimiento a pesar del frío cada vez que me duchaba.

? Recuerdo echar de menos a mis amigas, estar incomunicada hasta que nos dejaron un teléfono compartido. Recuerdo haber llegado a pensar, y hace poco mi diario de África me recordó que también lo escribí, qué hacía yo allí, debilitándome, sintiéndome sola a pesar de la gran tribu, y echando de menos a las personas que eran verdaderamente importantes en mi vida y que me querían.

? Lo que recuerdo con más dolor de lo que viví en aquel viaje, y que traigo hoy aquí como aprendizaje con el deseo de que pueda servirle a alguien más, es la incomunicación que llegué a sentir con algunas personas adultas. Recuerdo haber sentido, – y aún puedo revivirlo- muchísima impotencia, ganas de gritar, de poder hablar y hacerme entender…incomprensión. Había sangre, suciedad y sangre en los baños comunes de l@s niñ@s, había un niño que tenía sida. Hablamos entre el grupo de cooperantes de la posibilidad de comunicar este tema en la siguiente reunión con el equipo, insistiendo en la importancia de la higiene y la necesidad de organizarnos con las tareas de limpieza para limpiar esos baños que podían ser fuente de infecciones y contagios para l@s niñ@s. Allí fue donde hoy siento que me equivoqué; yo no sabía hablar un idioma común con las personas de allí, y aún así me lancé a pedir ayuda con la traducción a mis compañer@s: expresé lo que pensaba sobre la importancia de la higiene, y me atreví a lanzar una propuesta sobre la posibilidad de hacer turnos entre tod@s, o ver cómo podíamos hacerlo, para mantener limpios aquellos baños que estaban siempre con suciedad y sangre. Nadie apoyó el mensaje. Se hizo un silencio cargado de tensión en el ambiente, y me quedé sola. ¿Conocéis esa sensación de soledad profunda, de incomprensión y de incomunicación? Eso sentí en aquel momento, y muchas veces en lo que duró el viaje. No juzgo a mis compañer@s, hoy comprendo que hicieron lo mejor para ell@s, supieron cuidarse y yo no. Me hubiera gustado desaparecer, huir de allí… No sé qué haría ahora, puede ser que me hubiera ido. Ni siquiera me lo planteé, creo que me sentía tan vulnerable en aquel momento que ni se me ocurrió que podría ser capaz de marcharme sola y llegar a un buen lugar. Me quedé.

De aquellos días, nacieron vínculos que a día de hoy están vivos, volvería a ir sin dudarlo sólo por conocer a esas personas. Aunque para mí fue horrible vivir esa experiencia, me conectó de lleno con mi herida de rechazo, de soledad… Abandono, abandono…resuena en mi mente.

Sucedieron muchas cosas más en mi viaje a Africa de julio de 2008, aunque hoy quiero contaros mis dos grandes aprendizajes de aquel mes:

1. Te animo a poner atención a las EXPECTATIVAS cuando sueñas con un proyecto ?:

Cuando ponemos expectativas en aquello que queremos «conseguir», bien sea un sueño, una relación…. idealizamos y nos olvidamos de que todo y tod@s tenemos luces y sombras; en realidad, nos estamos olvidando de nosotr@s, de que cuando llegue ese momento, persona o relación, estaremos de una u otra manera dependiendo de nuestro estado emocional y de lo que nos pase con lo que vayamos viviendo, de nuestras heridas… De ahí la importancia de Yo voy conmigo.

Es importante que incorporemos las luces y las sombras, ya que en la vida están ambas de la mano: nos hace falta la sombra para valorar y reconocer la luz,  vivimos en la dualidad. Así que nada, por maravilloso que lo imaginemos, es tan ideal como lo soñamos, tal vez porque necesitamos aprender de esas vivencias que a veces nos resultan incómodas.

2. Lo más valioso que podemos hacer por nosotr@s mism@s es ACOMPAÑARNOS ?:

Es muy posible que si yo no hubiera tenido una herida de abandono como la que tenía en aquel momento, no me habría metido en algunas situaciones. Me habría cuidado mucho más, de eso estoy segura.

Si tienes una herida emocional (en mi caso de abandono, por ejemplo), has de saber que con eso tienes una vulnerabilidad, y que vas a necesitar acompañarte. No te recomiendo que pretendas ser la persona que no eres, sino que siendo tú mism@, busques maneras lo más amorosas posible para acompañarte. En mi caso, por ejemplo, sé que si vuelvo a viajar África como colaboradora en proyectos -como siento que es en parte mi misión- lo haré en otras condiciones, cuidándome más esta vez; por lo menos, voy a poner la intención ahí: este próximo curso pienso apuntarme a inglés, por ejemplo, porque sé que eso me ayudará a estar en un lugar de menos inseguridad, o al menos lo hago con esa intención.

Y hoy, cuando visualizo mi misión y desde mi corazón vienen las imágenes de mí en África con l@s niñ@s, sé que no todo es maravilloso, que los sueños vienen acompañados de momentos difíciles, y que no voy a volver pasando por encima de mí misma; que si vuelvo, lo haré cuidándome mucho más. Porque ahora, afortunadamente, voy aprendiendo a cuidar mucho más de mi niña que se sintió abandonada, y aunque la herida siga estando ahí, voy aprendiendo a acompañarme y acompañarla cada día mejor.

Desde entonces, mi camino de vida está muy enfocado en aprender a cuidar de mí, a tenerme en cuenta, descubrir y aprender a respetar cuáles son mis necesidades. Yo voy conmigo, aunque muchas veces todavía olvido cómo hacerlo. Y desde aquí, nace de un lugar muy profundo en mi interior, el querer acompañar a otras personas en sus caminos de vida, en poder descubrirse, aprender a amarse, y desde aquí acompaño a l@s niñ@s y a las familias a comprenderse mejor, para lograr crear vínculos sanos, para que cuando sean adult@s no necesiten aprender a manejar y/o curar sus heridas de abandono.

Y tú ¿tienes alguna experiencia que te resuene con lo que comparto aquí? Te invito a compartir 🙂

¡Estaré encantada de leerte!

 

1 thought on “Yo voy conmigo

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